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domingo, 30 de marzo de 2014

MICHEL FOUCAULT "Occidente y la verdad del sexo"

Introducción
¿Occidente y la verdad del sexo? Es el título de un breve artículo publicado por Foucault en Le Monde, en noviembre de 1976. ¿A qué viene el artículo? Foucault lo escribe a raíz de la publicación del primer volumen de su Historia de la Sexualidad: La voluntad de saber, cuestión que ya había comenzado a trabajar en el curso 1970-71, en el Collège de France. Hemos enmarcado, pues, el artículo dentro de la obra.
La pregunta planteada es: ¿Qué concepción del sexo rige en la sociedad occidental? ¿Qué relación establece esta sociedad con el sexo? Las siguientes ideas jalonan la reflexión foucaultiana y nuestra lectura de ella.
La explosión discursiva
Foucault da un vuelco a la idea comúnmente aceptada (en 1976) de que pesa una terrible represión sobre el sexo en la sociedad occidental cristiana. Dice Foucault que la sociedad occidental no ha sido una sociedad mojigata, reprimida, como hemos creído siempre, como nos han hecho creer la revolución sexual de los años 60, Reich, Marcuse, etc. La sociedad occidental no ha hecho más que hablar de sexo; se ha dedicado con ardor a hacer hablar al sexo. Ha pretendido que todo fuera dicho, todo fuera mostrado. Ha llevado lo sexual al molino sin fin de la palabra.  Hay, en la sociedad occidental, una especie de  “explosión discursiva” sobre el sexo.  El texto inaugural de esta explosión discursiva es  Las joyas indiscretas de Diderot, un divertimento que, sin embargo, da en el clavo: el Sultán Mangogul del Congo recibe, de un genio que se llama Cucufa (¡en francés qué obsceno y cómico suena!), un anillo mágico, que tiene el poder de hacer hablar las vulvas, les bijoux, las joyas de las mujeres. El parloteo de las joyas es hilarante. [Hay muchos tipos de señores de los anillos, parece ser –desde Giges a Mangogul, de Mangogul al de Tolkien... ¿Daría eso para un TR?]
La dialéctica de la culpabilización y la incitación
Evidentemente no todos los discursos sobre el sexo son tan alegres. No podemos negar que hubo cierto secreto, cierta ocultación, cierto rechazo y culpabilización de lo sexual en la civilización occidental cristiana. Pero, en el fondo, toda esa represión, esa culpabilización, ha estado al servicio de la incitación al sexo, dice Foucault. Prohibir es señalar con claridad meridiana un destino al deseo. El sujeto habitualmente no sabe qué desear. ¡Es difícil desear! No es fácil. La prohibición señala con el dedo qué desear, invita a transgredir, funciona como una promesa de goce. Las interdicciones de la moral sexual occidental son, dice Foucault, trampas. La ley no es solo negativa, no se limita a prohibir, sino que incita. La Iglesia primero, la Justicia después y finalmente la Medicina, van a ir apoderándose de la verdad del sexo y a través de él ejercerán un cierto poder sobre los sujetos.   
La confesión. La verdad del sexo
En un primer momento, la Iglesia comienza con la culpabilización del sexo y exige que cada sujeto confiese su verdad, ¡es decir, su sexualidad! –idea estrafalaria que jamás se les hubiera ocurrido a los griegos. La confesión, inventada por la Iglesia, se convierte en la matriz general de todas las confesiones. “El hombre en Occidente ha llegado a ser un animal de confesión”, dice Foucault. Para botón de muestra el psicoanálisis, según Foucault.
El poder sobre el sexo: judicialización y medicalización
En un segundo momento, los pecados acaban judicializándose; por tanto sigue exigiéndose la confesión, la cual permite a la sociedad occidental no únicamente castigar, sino elaborar un gigantesco archivo, una clasificación more botánico, de los placeres del sexo. En un tercer momento, el sexo se desjudicializa en parte y pasa a ser medicalizado y psiquiatrizado. El sujeto se sigue confesando, pero no al sacerdote, sino al médico o al psiquiatra. El poder judicial-médico-pedagógico reina sobre el cuerpo y el sexo: histeriza el cuerpo de la mujer, pedagogiza el sexo del niño, socializa las conductas procreadores, medicaliza las sexualidades disidentes. En el siglo XX, se acaban los grandes gestos heroicos de los que desafiaban las prohibiciones de la ley sexual –piénsese en un Oscar Wilde, por ejemplo. Y aparece “la multitud sombría compuesta por pequeños perversos, a quienes sus preocupadas familias envían a los psiquiatras detentadores de las normas” (F. Gros). Iglesia, Justicia y Psiquiatría son policías del sexo, instancias controladoras, poderes más o menos sádicos, sobre todo morbosos. El sexo, en Occidente, ha quedado enredado en las redes del poder y del saber, del poder a través de un supuesto saber, dice Foucault.  No es casual, al fin y al cabo, que todo ese proceso haya desembocado en una revolución sexual: se ha dejado de culpabilizar al sujeto por el  sexo, para culpabilizarlo por reprimir su sexualidad…
Ars erotica versus scientia sexualis
De hecho son posibles dos regímenes, dos articulaciones diferentes entre poder, sexo y saber. En Oriente se ha desarrollado un ars erotica; en Occidente, la scientia sexualis.  En el ars erotica, el saber que se extrae del sexo es un saber práctico, de cómo aumentar el placer. Ese saber es un secreto y el maestro lo enseña únicamente a los iniciados. El ars erotica gira en torno al placer. En cambio la scientia sexualis gira en torno al deseo. No hay secreto, no hay iniciados, sino gran alboroto, preocupación constante y un montón de verborragia. El maestro no inicia, no enseña a gozar más, sino que interroga, escucha, descifra. Y modifica al sujeto: lo cura, lo libera, lo perdona, etc. El sexo se convierte en “sexualidad”. Por un lado, el templo de Khajuraho, el acto sexual en su dimensión cósmica, en armonía con el ritmo del universo; por otro lado, Krafft-Ebing, Kinsey, Masters y Johnson, Shere Hite, etc. ¿Algunos de esos “informes” no parecen estar hechos para leer con una sola mano? De todos modos, finalmente no hay una frontera clara entre los dos regímenes. Ambos, ars erotica y scientia sexualis, quedan emparentados, porque la scientia sexualis desarrolla un nuevo placer: el placer de hablar de sexo. Ahora bien, hay que relativizar la expresión “voluntad de saber”, dice Foucault. Lo que parece haber es más bien una voluntad de no saber, porque la scientia sexualis en cuestión, en comparación con la auténtica ciencia, es una aberración epistemológica. Como botón de muestra, las disquisiciones pseudocientíficas sobre los perjuicios fisiológicos que causa el onanismo.
La sociedad occidental, una sociedad perversa
Dice Foucault, en La Voluntad de saber “la sociedad occidental moderna es perversa. No a despecho de su puritanismo o como contrapartida de su hipocresía; es perversa directa y realmente”. Foucault acaba la obra diciendo: “Quizá algún día la gente se asombrará. No se comprenderá que una civilización tan dedicada a desarrollar inmensos aparatos de producción y de destrucción haya encontrado el tiempo y la infinita paciencia para interrogarse con tanta ansiedad respecto al sexo; quizá se sonreirá, recordando que esos hombres, que nosotros habremos sido, creían que en el dominio sexual residía una verdad al menos tan valiosa como la que ya habían pedido a la tierra, a las estrellas y a las formas puras de su pensamiento; la gente se sorprenderá del encarnizamiento que pusimos en fingir arrancar de su noche una sexualidad que todo –nuestros discursos, nuestros  hábitos, nuestras instituciones, nuestros reglamentos, nuestros saberes– producía a plena luz y reactivaba con estrépito.  Y el futuro se preguntará por qué quisimos tanto derogar la ley del silencio en lo que era la más ruidosa de nuestras preocupaciones.”
Lacan, Foucault, Occidente y el sexo
Al principio de su obra, Freud sugiere efectivamente que la cultura occidental exige una represión excesiva de las pulsiones y llega a  reprimir la sexualidad hasta tal punto que hace enfermar a los hombres. En cambio, Lacan no hace este tipo de reproches a la cultura o a la religión; afirma más bien, y antes de Foucault, que nadie ha hecho más por la sexualidad que el cristianismo.
De hecho, tanto para Freud como para Lacan, la auténtica represión no es cultural; es originaria. Está en la esencia misma de la pulsión. La represión social de la sexualidad existe, por supuesto; pero no es la verdadera causa del impasse sexual. Para Lacan, ¡hay un impasse sexual! La sexualidad es lo que no funciona por definición, para el neurótico. La relación del ser humano con el sexo es siempre una relación problemática. El neurótico reprocha a la cultura, a la religión o al padre, la pérdida de goce. Ésta es su forma de hacer existir al Otro con O mayúscula. Pero la pérdida de goce solo se debe, en el fondo, al lenguaje. El impasse sexual tiene su origen en el lenguaje. El animal no ha sido sujetado por el lenguaje, por lo que su satisfacción, su goce, quedan protegidos de la corrosión que impone el lenguaje al placer. El lenguaje nos abre la puerta a una variedad de satisfacciones y formas de gozar inconcebibles fuera del lenguaje: no hay animal que goce del cine de Sorrentino, ni de la poesía de Borges, ni de descifrar un texto de Hegel. Pero los sofisticados goces a los que accedemos por nuestra condición de sujetos parlantes son una especie de indemnización por lo que el lenguaje previamente nos quitó. Desde el momento en que el lenguaje se apoderó de nosotros, nos arrebató la posibilidad de disfrutar plenamente de lo que acaece sin su interposición. Disfrutar plenamente de algo sin la interposición del lenguaje quizá sea disfrutar más. Pero lo cierto es que para nosotros, sujetos del lenguaje, sujetados por el lenguaje, habitados por él y subordinados a sus leyes, disfrutar sin interposición del lenguaje es una dimensión radicalmente inaccesible, perdida para siempre sin haberla conocido nunca. La represión por parte de las instancias sociales no es la verdadera causa del impasse sexual, le diría Lacan a Foucault, sino únicamente su causa aparente.

“No hay relación sexual”, dice Lacan, es decir, no hay complementariedad naturalmente asegurada de la pareja, para el sujeto parlante, para el sujeto capturado, sujetado, habitado por el lenguaje. En la naturaleza sí hay relación sexual. En la naturaleza los animales encajan entre sí como piezas de un rompecabezas. En la sexualidad humana, las piezas del puzle no acaban de encajar. Siempre hay algo que sobra o que falta, algo que no acaba de funcionar, algún elemento tercero que estorba la unión sin interferencias. Esta idea de que no hay complementariedad natural entre varones y mujeres no es una idea optimista.
El sexo, para Lacan, es del orden de “lo real” –concepto que en el pensamiento lacaniano designa lo que no puede capturarse en las redes de lo simbólico, lo inasimilable, lo que provoca angustia en el sujeto. Es siempre más o menos traumático. Hay una incapacidad de lo simbólico para inscribir el goce sexual. De allí su carácter traumático y de allí el que se lo intente inscribir una y otra vez. Podríamos decir que el sexo está maldito: no puede decirse bien.
Esta reflexión no justifica, evidentemente, la judicialización ni la psiquiatrización del sexo –modalidades de goce nefastas de una sociedad perversa. Pero ayuda a no dejarse deslumbrar por el resplandor de ninguna revolución sexual, ni confiar en ninguna educación sexual. Por otro lado, Foucault se equivoca al confundir la cura analítica con un ejercicio de poder y una confesión. Foucault aplasta la cura analítica sobre la dimensión de lo imaginario. La relación entre analista y analizando no es especular. La cura analítica es esencialmente paradójica: un sujeto acude a un Otro, al analista, para que le libere del Otro. Y de facto esa liberación se da en un sinfín de divanes del mundo.
BIBLIOGRAFIA
FOUCAULT, M.    Historia de la sexualidad, vol. I, La voluntad de saber. Madrid, Siglo XXI, 1977.
FOUCAULT, M.   “Occident et la vérité du sexe”, Dits et Ecrits, vol. II. París, Gallimard, 2001.
GROS, F.                Michel Foucault. París, Buenos Aires, Amorrortu, 2007.
LACAN, J.              Télévision. París, Seuil, 1974.
MILLER, J.-A.        Cause et consentement. Curso inédito. Clase del 6 enero de 1988.
MILLOT, C.            “Le fantasme de Foucault”. Página web Association Lacanienne Internationale     
ROUDINESCO, E.  Nuestro lado oscuro. Barcelona, Anagrama, 2009.
SOLER, C.              La maldición sobre el sexo. Buenos Aires, Manantial, 2000.
A. Salom
(Ins Cubelles)

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