Páginas

martes, 17 de noviembre de 2015

ENCUENTRO FILOSÓFICO NOVIEMBRE DE 2015

Convocatoria del próximo encuentro del 
Grupo de Filosofía del Garraf




Sábado 21 de noviembre, a las 20.30h
Hotel Avenida Sofía de Sitges

Expone Laura Vicente, a propósito del libro de Timothy Sinder, Tierras de Sangre




Texto de Timothy Snider, Prefacio de Tierras de Sangre, para ir haciendo boca.






















TEXTO DE LA INTERVENCIÓN


Laura Vicente


SUMARIO

1- Tomar como objeto de estudio un territorio, las Tierras de sangre, que no se corresponde con las fronteras de ningún país.

2- Hitler y sus planes, Stalin y los suyos.

3- Los campos de concentración y otros métodos para matar.

4- Sobre la verdad y la historia.




1. Tomar como objeto de estudio un territorio, las Tierras de sangre, que no se corresponde con las fronteras de ningún país

Es lo que él llama la geografía humana de las víctimas. Solo estableciendo conexiones entre los diversos aspectos que entraron en juego sin quedar limitados por fronteras o etnias perseguidas se puede entender la dimensión de lo ocurrido. Y lo ocurrido tiene raíces políticas, por encima de las ideológicas raciales o nacionalistas.

Ese lugar,  donde fueron asesinadas catorce millones de personas, se extienden desde Polonia central hasta Rusia occidental a través de Ucrania, Bielorrusia y los países bálticos, un lugar común y un tiempo común, 1933 y 1945.

*Empezó con la hambruna que Stalin impuso a la Ucrania soviética (1928-1933) por motivos políticos y se llevó tres millones de vidas.

*Continuó con el Gran Terror de Stalin de 1937 y 1938, unas setecientas mil personas, la mayoría campesinos o miembros de minorías nacionales.

*Los soviéticos y los alemanes cooperaron seguidamente en la destrucción de Polonia y de sus clases instruidas y mataron a doscientas mil personas entre 1939 y 1941.

*Después cuando Hitler traicionó a Stalin e invadió la URSS, los alemanes mataron de hambre a los prisioneros de guerra soviéticos y a los habitantes de Leningrado durante el sitio, cuatro millones de personas.

*En la URSS ocupada, Polonia y Estados bálticos, los alemanes pasaron por las armas o gasearon a unos cinco millones cuatrocientos mil judíos.

*Alemanes y soviéticos se incitaron mutuamente a cometer crímenes como ocurrió en las guerras de resistencia en Bielorusia y Varsovia en las que asesinaron a medio millón de civiles. Fueron asesinadas por los regímenes nazi y soviético que, apoyados por un aparato político que implicaba la colaboración de muchos miles de sus conciudadanos, mataron en función de sus intereses económicos, que son también políticos.

Los dos regímenes tenían una utopía transformadora, un grupo al que acusaban cuando se demostraba la imposibilidad de realizarla y una política de asesinato en masa que podía presentarse como una especie de sucedáneo de victoria.

Similitudes y diferencias entre ambos regímenes:

Similitudes:

*Ambas se oponían al liberalismo y la democracia.

*En ambos se había invertido el significado de la palabra partido.

*Su lógica excluía a los marginales y su elite creía que ciertos grupos eran superfluos o dañinos.

*Las dos economías se apoyaban en colectivos que controlaban a los grupos sociales y extraían sus recursos: granja colectiva y guetocampos de concentración.

Diferencias:

*Servían a visiones de futuro diferentes: igualitaria la URSS, desigulitaria los nazis.

*Los argumentos para las liquidaciones y limpiezas: avance del socialismo unos, colonización nazi otros.

*El sistema soviético fue más letal sin guerra, el nazi con guerra.


Ambos sistemas son TOTALITARIOS y de eso sabe mucho Vasili Grossman y lo refleja en sus novelas. 

Vasili Grossman, Todo fluye

El Estado se convirtió en el amo. El elemento nacional pasó de la forma a la sustancia y acabó siendo esencial, mientras se relegaba el elemento socialista a un segundo plano: a la fraseología, a la cáscara, a la forma externa. 

Grossman concluye que el mal de la “revolución” estaba ya presente con Lenin, no hacía falta esperar a Stalin para comprobar la deriva de una revolución basada en la represión continua contra cualquier disidencia.

Hay una fuerza satánica en prohibir, en reprimir. Apresada por el dique, el agua de los ríos y de los torrentes manifiesta una fuerza misteriosa, oscura. Esta fuerza oscura escondida en el chapoteo amable, en los reflejos de los rayos del sol, en la oscilación de los nenúfares, de repente descubre la maldad implacable del agua, que destruye las piedras e impulsa las aspas de las turbinas a una velocidad de locura.


Vasili Grossman, Vida y destino. Dos bandos, dos totalitarismos que llegaron a una crueldad inaudita, dos ideologías contrapuestas (aunque un lúcido oficial alemán afirma lo contrario cuando interroga a un viejo bolchevique) y la inquietante  similitud de dos dictadores, Hitler y Stalin. Grossman siempre critica la falta de libertad, la vulnerabilidad de los inocentes y la arbitrariedad del poder totalitario del Estado y del Partido Comunista. ¿Esperanza? Muy poca, solo la bondad y la libertad interior ya que esta no existía y además se manipulaba la realidad de forma sistemática (1984 de Orwell), dice Grossman:

El poder del Estado había construido un nuevo pasado; hacía intervenir de nuevo a la caballería a su manera, exhumaba nuevos héroes para acontecimientos ya sepultados y destituía a los verdaderos. El Estado tenía poder para recrear lo que una vez había sido, para transformar figuras de granito y bronce, para manipular discursos pronunciados hacía tiempo, para cambiar la disposición de los personajes en una fotografía.

Las víctimas no fueron bajas de guerra. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos.



2. Hitler y sus planes

Hitler era un político antisemita en un país con una comunidad judía reducida. Los judíos eran menos del uno por cien de la población alemana en 1933 y 0,25 % al empezar la IIGM. Su plan era hacer desaparecer a la mayoría de los eslavos para convertir el Este de Europaen un gigantesco productor de alimentos para Alemania. Las matanzas no las diseñaron malignos demonios, sino modernos estadistas, burócratas. Hanna Arendt capto este hecho a la perfección.


Hanna Arendt, Eichmann en Jerusalén

El fiscal y los jueces no podían creer que Eichmann fuera una persona “normal”, para ellos era un ser diabólico, un monstruo antisemita que odiaba a los judíos. Sin embargo Arendt vio en Eichmann a un ciudadano fiel cumplidor de la ley que pudo dejar de “sentir” y eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico por esa obediencia ciega de funcionario que anulaba la facultad humana de juzgar. 

Es propio de todo gobierno totalitario, decía Arendt, transformar a los hombres en funcionarios y simples ruedas de la maquinaria administrativa y deshumanizarlos. El contexto legal del nazismo daba cobertura a estas actitudes... En el juicio quedó claro que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana.

(…) la banalidad del mal, por el que Arendt señaló que Eichmann era un hombre común que carecía de motivos para matar a los judíos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso y que tal diligencia no era criminal. Este alto funcionario de las SS se marcó una línea de actuación de obediencia ciega a las leyes y la pura irreflexión le predispuso a dejarse arrastrar por la corriente de su tiempo y a convertirse en uno de los mayores criminales. Este comportamiento lo clasificó  como banal, e incluso cómico, pero no diabólico aunque tampoco era común. 

Snider plantea que el predominio de algunas explicaciones impedía acceder a entender fenómenos tan drásticos como las grandes matanzas de las Tierras de fuego. Una de estas explicaciones era el Holocausto, que impedía ver la magnitud de otros planes alemanes que auguraban más muertes. Hitler no solo quería eliminar judíos: deseaba destruir Polonia y la URSS como Estados, exterminar a sus clases dominantes y matar a decenas de millones de eslavos. El plan no se cumplió pero esa era la premisa ideológica de la ocupación alemana del Este. La guerra alteró la balanza de los asesinatos al producirse la Ocupación conjunta de Polonia y la posterior traición de Hitler a Stalin.


3. Los campos de concentración y otros métodos para matar

La mayor parte de las víctimas no murieron en los campos de concentración, murieron de hambre (la mitad), por ejecuciones por armas y por gas. Pese a ello los campos rodearon la Tierra de sangre por el este y oeste y tuvieron una importancia trascendental. Imre Kértesz, en Un instante de silencio en el paredón, reflexiona al respecto. Bueno será partir de esta contundente afirmación:

Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creo el mundo y el ser humano creó Auschwitz. Como intelectual denuncia el totalitarismo ideológico, tanto del nazismo como del comunismo, el totalitarismo es la gran novedad del siglo XX, es la experiencia terrorífica que hizo temblar sus cimientos. 

¿Los cimientos de qué? De nuestras ideas racionales habituales, responde Kertész. El totalitarismo expulsa de sí mismo y pone fuera de la ley al ser humano. Esta situación fuera de la ley, provoca la mayor arbitrariedad, dejar a millones de personas despojadas de la columna básica de su cultura y de su existencia, la ley. Y sobre esa situación de indefensión del ser humano, Kertész introduce otra cuña letal al señalar la facilidad con que los regímenes dictatoriales totalitarios disuelven la personalidad autónoma y con que el ser humano se convierte en pieza constituyente, sumisa y perfectamente ajustada del dinámico engranaje estatal. 

¿Qué tiene de excepcional el Holocausto, puesto que sabemos que el exterminio de seres humanos se ha producido antes de Auschwitz y en la actualidad? Kertész da una respuesta muy clara: la eliminación de seres humanos se produjo durante años de forma sistemática y convertida así en sistema mientras trascurría a su lado la vida normal y cotidiana; esto sumado al hecho de habituarse a la situación, de acostumbrarse al miedo, junto con la resignación, la indiferencia y hasta el aburrimiento. Lo nuevo es que está aceptado. Se ha demostrado que la forma de vida del asesinato es posible y vivible: por tanto, puede institucionalizarse. Todo se ha desenmascarado en el siglo XX:

El soldado se convirtió en asesino profesional; la política, en crimen; el capital en una gran fábrica equipada con hornos crematorios y destinada a eliminar seres humanos; la ley, en reglas de juego de un juego sucio; la libertad universal, en cárcel de los pueblos; el antisemitismo, en  Auschwitz; el sentimiento nacional en genocidio.

También Primo Levi en Si esto es un hombre, reflexiona sobre los campos y nos relata minuciosos detalles de cómo era la vida en los campos de concentración (Auschwitz en su caso) para miles y miles de personas:

Entonces por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha rebelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado la ropa, los zapatos, hasta los cabellos; si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca.

¿Qué semejanza hay entre cualquier guerra, por cruenta que sea, y la existencia de hombres y mujeres capaces de desposeer a otros de toda su esencia humana convirtiéndoles en seres vacíos, reducidos al sufrimiento y a la necesidad, falto[s] de dignidad y de juicio, perdiéndose ellos mismos; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana? Los judíos quedaron reducidos a  ser solo un Häftling (preso), un número tatuado en el brazo izquierdo (Levi era el nº 174517), sometidos a la rutina constante del frío, hambre y maltrato en el que cada día era igual al anterior o al posterior si se tenía suerte y evitaba la “selección” para ser ejecutado y resultaba útil para el trabajo como esclavo.

También resulta interesante la obra de Eugen Kogon, El Estado de la SS. El sistema de los campos de concentración alemanes.

Los campos de concentración trituraban las almas de sus víctimas como piedras de molino. ¿Quién era el que podía salir inmune de este proceso? No hubo nadie que saliese igual que entró. 

Kogon describe cómo se producía la adaptación al campo o la muerte; que la supervivencia era el resultado de un conjunto de circunstancias y que no era solo producto de un esquema simplista basado en la inteligencia, la voluntad y el espíritu.

Soportar el proceso de profunda humillación y degradación personal al llegar al campo constituía la primera selección. En tres meses se producía un desmoronamiento espiritual y físico que conducía a la muerte o el suicidio, a la adaptación a la degeneración del campo o a dominar la situación si se demostraba la suficiente fortaleza de carácter… realmente se necesitaba mucho tiempo para que el espíritu, arrancado de un mundo firme, pudiese hallar su mundo de gravedad interno en el mundo salvaje, a vida o muerte, en el que había sido arrojado (465).

Y nuestra compañera de tertulia Alin Salom:

¿Qué se pierde, qué se ha perdido, en los Lager?  Tres ilusiones que sostenían como pilares nuestra Weltanschauung, nuestra concepción de la realidad, el sentido que le dábamos a la vida; tres ilusiones cuya pérdida nos causa un enorme dolor:
El humanismo, una concepción idealizada del hombre.
La idea del progreso, una concepción idealizada de la historia.
Dios, el ideal de un gran Otro.

Creíamos en el Hombre. Desde el Renacimiento la civilización occidental ha vivido con la ilusión del humanismo. Habíamos construido este espejismo de la bondad esencial del ser humano, de su capacidad de perfeccionamiento indefinido (Rousseau). Pensábamos que sólo la injusticia social, una infancia desgraciada, podían envilecer a algunos. Incluso eso era excepcional; no era la regla. El Lager  pone de manifiesto otra realidad.  El problema no es que una pandilla de psicópatas nazis pusieran todo el aparato del Estado alemán al servicio de la barbarie y construyeran estas sucursales del Infierno sino que todo el pueblo alemán haya consentido y colaborado, a menudo con entusiasmo, con el sistema. Que la mayor parte de los países europeos hayan contemplado la deportación de sus ciudadanos judíos y gitanos, sin pestañear... Hemos de ser francos y enfrentarnos con el hecho de que posiblemente ninguno de nosotros está dispuesto a arriesgar su confort y su seguridad, para evitar la deportación de otros... Nuestra indiferencia hacia el otro es abismal. Esta es la dura verdad que hay que asimilar.

En segundo lugar, creíamos en la Historia. Perdemos con Auschwitz, la creencia ingenua en que la historia avanza, que cada época es mejor que la anterior. Auschwitz no es una regresión; supera cualquier época anterior en barbarie y bestialidad. Así que la historia avanza de espaldas al futuro, empujado por el progreso, mientras contempla las montañas de muertos y de escombros que va dejando.

En tercer lugar, creíamos en Dios. El Lager es el lugar de la muerte de Dios, del silencio de Dios. Paul Celan, superviviente de Auschwitz, en su poema Tenebrae, muestra a unos muertos; aparecen enracimados, enroscados en un contiuum del que forma parte el propio Dios. “Ruega, Señor, escribe Celan, ruéganos; estamos cerca”. Es decir, tras Auschwitz es Dios quien tiene que suplicar al hombre y no el hombre a Dios.  

Los alemanes llevaron a cabo sus políticas de exterminio en territorios ocupados por los soviéticos, las fuerzas de EUA y G Bretaña no alcanzaron ninguna de las Tierras de sangre ni vieron ninguno de los centros de exterminio. No se ha sabido mucho de estas zonas hasta el fin de la guerra fría.

Otra explicación que impedía ver en su verdadera dimensión las grandes matanzas de la las Tierras de sangre fue la propaganda de postguerra realizada por el eficiente aparato de propaganda estalinista que arrojaba sobre los nazis toda la responsabilidad de las atrocidades (un ejemplo es Katyn).

Ya hemos dichos que más de la mitad de los 14 millones de muertos, murieron de hambre. En 1941, el régimen nazi proyectaba un Plan de Hambre para matar a decenas de millones de eslavos y judíos. No solo recurrió al hambre Alemania, ya lo había hecho la URSS entre 1928 y 1933 (aparece explicado en el Cap. 1 Las hambrunas soviéticas (págs. 47-88) de la obra de T. Snyder que estamos comentando).

La URSS dirigida por Stalin fue consciente y buscó el hambre en Ucrania para doblegar este territorio, a su campesinado y su nacionalismo (las muertes de ucranianos propiciaron rusificar Ucrania, trasladando rusos a Ucrania que se instalaban en las viviendas de los muertos por inanición). El objetivo de su plan era expoliar de grano a Ucrania, aunque murieran 3,3 millones de personas, para llevarlo a las ciudades y exportarlo al exterior consiguiendo capital para la industrialización. Los miembros del partido comunista que mantuvieron su fe en Stalin, muchos fueron deportados y depurados, colaboraron en sus objetivos y lo vendieron como un mal necesario para conseguir implantar la revolución socialista.

El primer plan Quinquenal (1928-1932) de Stalin, que concluyó en 1932, había impulsado el desarrollo industrial a costa de la miseria del pueblo. Para lograrlo, entre otras cosas, se necesitaba el control del grupo social más amplio de la URSS: el campesinado. La colectivización significaba una gran confrontación entre campesinado y estado soviético con su policía. En diciembre de 1929 se anunció que los kulaks serían “liquidados como clase”.

A finales de 1931 los campesinos empezaron a pasar hambre, ver descripción de la hambruna. Stalin conectó la hambruna con la deslealtad de los comunistas ucranianos. El hambre no llevó a la rebelión sino a la amoralidad (por ejemplo el canibalismo), la locura, la parálisis y finalmente la muerte. El jurista Rafal Lemkin que inventó el término genocidio, definió el caso ucraniano como “un  ejemplo clásico de genocidio soviético”.


4. Sobre la verdad y la historia

La Alemania nazi y la URSS buscaron dominar la historia. La verdad, ¿es tan solo una convención del poder, o puede un relato histórico veraz resistir la fuerza gravitatoria de la política? Joseph Roth, en La filial del infierno en la tierra, habla sobre la verdad, el espíritu aniquilado y la indiferencia.


La verdad
La adulteración de la verdad se consigue en el periodo más corto de tiempo recurriendo a la exageración o a la simple negación de la realidad. (…)La verdad requiere propagación, pero no “propaganda”. Sé que mientras nosotros nos esforzamos por decir la verdad, en un simple papel, el altavoz ya está allí preparado para el transmisor de mentiras (…). Aun así nosotros hablamos. Aun así, escribimos. Porque sabemos que las palabras veraces no mueren. Nuestra fe es sólida, porque no teme la duda. Al contrario, ésta la refuerza (1938).

Roth se devanaba los sesos sobre cómo expresar lo inexpresable.

El círculo de fascinación de la mentira, que los criminales levantan en torno a sus fechorías, paraliza la palabra y a los escritores, que están a su servicio. Y daba vueltas y vueltas sobre la necesidad de tomar la palabra (…) la palabra amenazada por la paralización (1938).

El espíritu aniquilado
La quema de libros, la expulsión de los escritores judíos y todos los demás desvaríos (…) pretenden aniquilar el espíritu. (…) la Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por desidia, por indiferencia, por irreflexión. El futuro deberá investigar con exactitud los motivos de esta capitulación vergonzosa (París, 1933).

La indiferencia
(…) los indiferentes siempre han contribuido a que el mal triunfe. Si el humanitarismo se percibe como excepcional, ello significa que la inhumanidad es lo acostumbrado. Lo natural se convierte sin más en sobrenatural. (…) Nada es tan brutal como la indiferencia frente a lo que ocurre en el terreno de lo humano (1939).

Existe la tentación de pensar que los crímenes nazis están fuera de  la historia o que la historia tiene un solo curso posible, como decía Stalin. Identificarse con las víctimas puede obviar el entender el entorno histórico que éstas compartieron con los perpetradores y los testigos mudos en las Tierras de sangre. Hay que entender a los perpetradores, después de todo, el peligro moral no es que uno pueda convertirse en víctima, sino en perpetrador o en testigo mudo. 

Considerar incomprensibles a otras personas es abandonar la búsqueda de la comprensión y, por tanto, renunciar a la historia. Considera que los motivos de los asesinos en masa tuvieron un sentido para ellos. Cuestiona la cultura de la conmemoración y que la memoria puede evitar el asesinato. Las políticas de memoria histórica suelen ser selectivas porque son, sobre todo, políticas. La memoria no puede sustituir la historia. La sobrevaloración de la memoria ha permitido casos como el de Enric Marco que recoge Javier Cercas en El impostor. La historia debe desplazar a la memoria interesada (normalmente nacionalista) porque ésta, como dice W. G. Sebald, en Sobre la historia natural de la destrucción:

Uno de los problemas centrales de los llamados “relatos vividos” es su insuficiencia intrínseca, su notoria falta de fiabilidad y su curiosa vacuidad, su tendencia a lo tópico, a repetir siempre lo mismo (88).

 A los historiadores les corresponde buscar los números y situarlos en perspectiva y como humanistas, transformar los números en personas ya que cada persona es irrepetible.

El autor considera que la historia se ha de basar sobre fundamentos nuevos y cuya metodología se basaría en:


  • La insistencia en que ningún acontecimiento pasado está más allá de la comprensión histórica ni de la indagación histórica.
  • La reflexión sobre la posibilidad de opciones alternativas, que va unida a la aceptación de que la capacidad de elección en los asuntos humanos es una realidad irreductible.
  • Una revisión, ordenada cronológicamente, de todas las políticas nazis y stalinistas que mataron a grandes cantidades de civiles y prisioneros de guerra.

Los asesinatos en masa del siglo XX tienen el más alto significado moral para el siglo XXI, pese a que afirma Sebald que somos incapaces de aprender de la desgracia que hemos causado, y que, incorregibles, seguiremos avanzando por senderos trillados (…). La mirada hacia la destrucción es la mirada horrorizada del ángel de la Historia, del que Walter Benjamin ha dicho que, con sus ojos muy abiertos, ve

una sola catástrofe, que incesantemente acumula escombros sobre escombros y los arroja a sus pies. El ángel quisiera quedarse, despertar a los muertos y unir lo destrozado. Pero desde el Paraíso sopla una tormenta que se ha enredado en sus alas con tanta fuerza que el ángel no puede cerrarlas ya. Esa tormenta lo empuja incesantemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras el montón de escombros que tiene delante crece hasta el cielo. Esa tormenta es lo que llamamos progreso.



No hay comentarios:

Publicar un comentario